Mi acercamiento al tema del despojo de la tierra surge de una memoria familiar fragmentada. Mi padre solía hablarme de los lugares donde creció en Navojoa, Sonora: solares y pequeños lotes heredados de sus antepasados que, con el tiempo, fueron perdiéndose. Aquella tierra que les otorgó arraigo e identidad permanece hoy como una geografía desplazada, suspendida en la memoria. Su pérdida se volvió parte de una negociación silenciosa con la necesidad económica.
A diferencia de esa experiencia, mi vida transcurrió en la Ciudad de México, donde el vínculo con la tierra se vuelve difuso. Crecer en la metrópoli implicó habitar una distancia: la de no tener un territorio propio al cual regresar. Esa incertidumbre —una forma íntima de desarraigo— terminó por configurar mi manera de mirar el paisaje y de relacionarme con la idea de pertenencia.
Oficio de 1912. Carta poder otorgada al sr. Jesús Palomares para restitución propietaria por invasión de territorio a un rancho. Archivo histórico de Álamos, Sonora.
Durante mis estancias de investigación y producción en el sur de Sonora, esa distancia comenzó a transformarse. Al recorrer comunidades cercanas al mar de Cortés, la experiencia del territorio se entrelazó con relatos de ausencia, memoria y pérdida. En ese contexto, el naufragio apareció como una metáfora recurrente: una imagen de lo frágil y transitorio de la experiencia humana frente a la persistencia de la memoria colectiva.
Los testimonios de pescadores yoreme-mayo revelan una doble incertidumbre: la de salir al mar sin saber si se regresará, pero también la de permanecer en la tierra sin poder producir aquello que fue heredado. A lo largo de generaciones, el despojo territorial ha fracturado la continuidad entre comunidad, territorio y memoria.
Mi trabajo se sitúa en ese cruce entre experiencia personal y memoria colectiva. En la lengua yoreme-mayo, este proceso de pérdida y desplazamiento puede nombrarse como Buiatam vwawak: una herida territorial que no sólo atraviesa la tierra, sino también la memoria y el cuerpo de quienes la habitan.
El territorio se vuelve un campo de restos y persistencias, donde la identidad yoreme no desaparece, sino que sobrevive en fragmentos visibles e invisibles. Desde esta perspectiva, mi investigación se pregunta: ¿qué signos de identidad yoreme persisten aún en el paisaje-territorio del sur de Sonora, y cómo se confrontan con las marcas contemporáneas de usurpación y despojo ejercidas por empresarios, particulares, actores políticos y economías ilegales? Más que ofrecer una respuesta cerrada, este proyecto propone leer el paisaje como un archivo vivo donde conviven memoria, ausencia y resistencia.
Estaca de madera y tela. Delimitación de tierra yoreme, sur de Sonora.
Estaca de cemento, delimitación y despojo de tierra a yoremes-mayos. Indicios de propiedad privada, sur de Sonora.
Punta de lanza de antiguos cazadores recolectores yoremes mayos. Delimitación de territorio, sur de Sonora.
Apropiación de esteros por particulares para producción de ostión. Zona yoreme-mayo, sur de Sonora.
Apropiación de esteros por particulares para producción de sal. Trabajadores yoremes-mayos, sur de Sonora.
Palos enterrados y cuerda. Instrumentos de trabajo de un pescador yoreme-mayo para orientación del tiempo y espacio, sur de Sonora.
Antes casa de resguardo de granjeros comunitarios yoremes-mayos para producción orgánica de Tilapia. Destruida por el crimen organizado para despojo y apropiación de tierra, sur de Sonora.
Devastación de flora y fauna de manglares, en la costa y boca del río Mayo para producción de camarón dorado, apropiada por un ex gobernador de Sonora.
Oasis turístico en abandono, con una inversión de 36 millones de pesos. Apropiación estatal y municipal de territorio yoreme-mayo, sur de Sonora.
Cazador de venado cimarrón y trabajador de mina en la sierra de Álamos, Sonora. Extractivismo de recursos naturales en zona de Guarijíos.
Cerco yoreme. Delimitación de un solar con varas y mantas de plástico desgastadas. Antes construido con varas, carrizos y tapetes de palma.
Cerco yoreme-mayo, ejido Buaitópari, Huatabampo.
Perro-coyote. El coyote en la cultura yoreme-mayo tiene un valor simbólico de advertencia, de liminalidad entre lo cotidiano y espiritual.
Huatabampo en lengua yoreme-mayo significa sauce en el agua. Tronco de sauce quemado.