La idea del “Eterno retorno” se constituye a través de acciones, en el que el ser humano busca repetir historias y vive en una constante remembranza sobre hechos pasados. Eterno retorno, es un proyecto autoral que no solo da constancia del paso del tiempo en los lugares y las personas; es una reflexión sobre la relación del yo que se fue y el otro que lo espera, de que un día regrese y que conozca el secreto de la vida que preserva el misterio de la procreación: la invención de sí mismo a su regreso.
Interpretaciones del concepto filosófico de Federico Nietzsche.
Archivos análogos a partir de película 35 mm.
Las fotografías que reúno en Eterno retorno, el regreso a Navojoa Sonora, se inscriben en una tradición diarística de carácter autorreferencial-ficción, que tiene la intención de registrar el encuentro del sujeto-fotógrafo con un mundo cambiante que gira en torno a la destrucción que caracteriza y afecta a los seres humanos: el cambio y la muerte.
"Una sensación de ausencia le hizo regresar, para encontrarse con cosas, anécdotas, palabras y sentimientos que sus parientes habían guardado. Enterrado. Al bajar del tren, toma el mismo camino de cuando era un jovencito e iba a bolear zapatos a los almacenes. Ahora solo ve cascarones derruidos y grafiteados. Apresura el paso. Son las cinco de la tarde y recuerda es la hora en que decidió irse de Navojoa hace treinta años". (Diario fotográfico, 2015, p. 20).
"Pero fue inútil, su pueblo ya no era el mismo de cuando se fue. No sabía que iba a llegar al mismo camino: ausencia… Sin darse cuenta que el ausente era él. Poco a poco el calor de julio lo fue deshidratando hasta perder sus recuerdos por un lapso de tiempo". (Diario fotográfico, 2016, p. 28).
Diario fotográfico. Navojoa, Sonora, 2015-16.
El regreso / Eterno retorno.
Dra. Laura González Flores, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.
Una de las formas más prósperas de la fotografía contemporánea es la del proyecto fotográfico como diario de viaje. Y si uno de los ejemplos más tempranos de éste lo encontramos en la fotografía que realiza Walker Evans al regresar a Estados Unidos de una estancia en París en 1927, es Los americanos un proyecto posterior y fundacional de Robert Frank de 1958, el que define la forma y el concepto del diario fotográfico.
Si la fotografía fue una herramienta inigualable durante el siglo XIX para registrar eso otro que se descubría al viajar, como muestra el trabajo de Robert Fenton en Crimea, de Désiré Charnay en México o de Mathew Brady y Timothy O´Sullivan en el Oeste americano, el diario de viaje al estilo Frank constituye una práctica opuesta: eso otro—el afuera— funciona simplemente como una pantalla en la que se proyecta lo mío —el adentro—. El fotógrafo proyecta su psique hacia fuera construyendo la imagen a partir de su percepción subjetiva y su emoción personal.
Las fotografías que reúne Jerónimo Palomares en esta exposición se inscriben en esa tradición diarística que no sólo es personal, sino expresiva. Así, más que documentar lo que ha tenido delante, Palomares busca escribir su afecto. Su intento es el de expresar mediante una forma propia un acontecimiento incorpóreo, el del encuentro del sujeto-fotógrafo con un mundo cambiante.
Así, la escritura fotográfica de Palomares —su estilo— se manifiesta a través de recursos plurales y formas propias. En su caso, el género “paisaje” resulta insuficiente porque en sus fotos éste se colapsa y confunde con otros géneros como la “naturaleza muerta” o “el retrato”. O se acerca al registro arqueológico y conceptual de la “des-arquitectura” del Hotel Palenque (1969) de Robert Smithson, una serie de imágenes de una construcción inacabada y abandonada en la que se describe el efecto entrópico del tiempo. Las fotos de Palomares también se asemejan en su intención expresiva a otra serie posterior de Frank, Lines of My Hand (1972), que gira en torno a la destrucción, pero, en este caso, de lo que caracteriza y afecta a los seres humanos: el cambio, la muerte, la enfermedad.
En las fotografías de Palomares confluyen esas dos intenciones anteriores: el hacer sentir el efecto del tiempo en los espacios y el reflejar tal cambio pero en el cuerpo de las personas. Como el río, motivo de algunas de sus fotos más reveladoras, todo cambia, todo pasa.
Nada es igual: como Walker Evans quien regresa a Estados Unidos y convierte los efectos de la crisis en un proyecto fotográfico, Jerónimo Palomares regresa a Sonora para atestiguar y dar constancia del paso del tiempo en los lugares y las personas. La suya es una mirada preñada de nostalgia, pérdida y tristeza, pero, sobre todo, de belleza. Si no podemos aferrarnos de nada material, parece decirnos su trabajo, al menos quedan las imágenes: frágiles e inmateriales superficies en las que queda atrapada, entre sombras y luces, nuestra memoria.
Diciembre de 2016.